«En Italia el Partido Comunista entró triunfante con las armas, como Dios manda. Aquí... nos legalizaron»
Julio Anguita sigue en plena forma, tomando café y saludando a los vecinos, explicando con paciencia y dejándose llevar por el entusiasmo. El antiguo alcalde de Córdoba y coordinador general de Izquierda Unida cada día recuerda más por su aspecto a Fidel Castro; sin embargo, en cuanto empieza a hablar, se parece más al Che Guevara. Ahora, con su Frente Cívico, no sólo insiste en que él ya lo dijo: tiene algo nuevo que contarnos. Entre otras cosas, su obra teatral inédita, que amenaza con publicar.
Julio Anguita, Rafael Reig, Miguel Roig y Antonio Orejudo.
DIARIO KAFKA: En el decálogo del Frente Cívico llama la atención que ningún punto haga referencia a la educación.
JULIO ANGUITA: Pues, es adrede. Busca la atención de aquellos que objetivamente pueden compartir un programa pero por cuestiones subjetivas, desencantos, desconfianza de la política, mal ejemplo de los partidos políticos, los sindicatos, se han encastillado en posiciones a la defensiva. Para sacarlos de esa situación de ensimismamiento negativo hacen falta cosas concretas. Salario mínimo, pensión mínima, la lógica de los créditos de una banca pública, la transparencia de los canales de comercialización, la nacionalización de sectores estratégicos de la economía, y cuando todo eso sea posible de entender y la gente se embarque y vaya teniendo un aprendizaje paulatino, entonces surgirá el tema de la educación. Por una razón: la escuela nunca ha cambiado el mundo; el mundo tiene la escuela que él quiere. Con lo cual, si conseguimos que la sociedad vaya cambiando, automáticamente aparecerá una nueva visión de la cultura y consecuentemente de la educación. Pero además, eso era un decálogo de prioridades inmediatas, no un programa de gobierno y tampoco un decálogo con criterio finalista. Yo lo puse ahí para que la gente comenzase a discutir y dije: si tenéis otra ideas, ponedlas. Por esa razón falta. No es porque yo desprecie o margine a la educación. Tengo un gran concepto: de hecho, soy enseñante. Pero con una sociedad que la valore.
DK: ¿Dice usted que la escuela nunca ha cambiado al mundo, sino que es el mundo el que tiene que cambiar la escuela?
JA: De la sociedad emana la escuela que la sociedad quiere, directa o indirectamente. La escuela puede hacer esfuerzos bienintencionados, específicos en algunos profesores, en algunas instituciones. Pero, por ejemplo, la República: su Institución Libre de Enseñanza y su gran política de enseñanza primaria fueron creadas por la República. Hay una decisión previa, aquellos hombres se dan cuenta de que España tenía que saltar el tremendo abismo de su historia, sobre todo ese tremendo barranco en el que cayó en el siglo diecinueve. Pero fue una decisión política. Nunca hubo un maestro mejor preparado que el de aquella escuela. Además se fue a lo básico, a la escuela primaria.
DK: Y el ejército franquista era muy consciente del peligro que eso suponía y lo primero que hizo fue fusilar maestros.
JA: Hombre, alguien dijo que la Guerra Civil la ganaron los curas y la perdieron los maestros. Acertaron plenamente con el aforismo. Después hubo intentos peores y esos los viví yo. Hubo un director general de Enseñanza Primaria, llamado Joaquín Tena Artigas, que barajó, y casi estuvo a punto de llevarlo al Consejo de Ministros, que se pudiera acceder al magisterio simplemente con el certificado de estudios primarios que se concedía en la escuela de entonces y unos cursos. ¿Y qué ocurría? Que eso es lo que querían de la enseñanza primaria, es decir, enseñar a rezar, las cuatro reglas y poco más. Pero además, los inspectores de enseñanza primaria eran muy laxos a la hora de vigilar el tipo de enseñanza y si se trabajaba en la escuela o no, pero eran terriblemente duros en los institutos religiosos donde ellos eran también inspectores. Y hay nombres: doña Josefa Moyano, en el caso de Córdoba, de la Teresianas. Ella era tremendamente laxa, “no, no vayas a la escuela niña, si tu marido está enfermo”, pero después en la institución teresiana era tremendamente rígida. Son unos años muy negros que a mí me tocaron vivir en parte, unos años terribles en los que se buscó a propósito que la enseñanza primaria fuese algo puramente asistencial. Como las concesiones de las escuelas de Ave María: que los niños sepan rezar, que los niños sepan escribir cuatro cosas y se acabó.
DK: ¿No está volviendo eso ahora?
JA: Va a volver pero por caminos sinuosos. Pero hay algo… Yo no estoy defendiendo el régimen franquista, pero aquello era provocado, buscado; esto es producto de la inutilidad. Esto es producto de la incompetencia total y absoluta, de que no tienen ni idea ni de economía, ni de política, ni de política de defensa. Estamos en el gobierno de los incompetentes, de los que no saben nada, absolutamente nada, y cuando digo que no saben nada no es que no tengan títulos, que los tienen, es que nunca se han parado a reflexionar. Yo conozco a muchos de ellos: no leen. Estamos ante una casta política que no lee absolutamente nada, nada más que los titulares de los periódicos que le filtran convenientemente sus gabinetes de prensa para que contesten al otro político. La figura del político en la República, incluso los de derecha, como Calvo Sotelo, que reflexionaba, que leía, que pensaba, eso ha desaparecido. Son petimetres, en el sentido más abyecto de la palabra. O sea, van a conseguir lo que Franco persiguió sabiendo lo que quería…
DK: De carambola…
JA: Lo van a conseguir…
DK: Porque Franco le entregó la educación a la Iglesia…
JA: Es que Franco… Yo digo una cosa que a veces tengo que explicar. El franquismo inventó a Franco, el franquismo es anterior a Franco. Franco lo que hizo fue sistematizar en una serie de leyes, de actitudes, de comportamientos, unas alianzas que ya venían del siglo XIX. No hay nada en Franco que no lo hubiera hecho ya Fernando VII. La alianza del trono y del altar. La alianza de la casta oligárquica; todo está ahí. El miedo a pensar, ¡un país que tiene miedo a pensar! Este es un país en el que se pone un hombre delante de un toro, pero póngale un libro y sale huyendo. “Yo no quiero saber nada, yo no quiero saber nada” es la confesión de una parte de la población que tiene miedo a pensar. Eso está ahí, lo veo todos los días. Viene de muy atrás, de la época de Fernando VII. ¿Por qué? Porque ha habido una Iglesia y la historia pesa: tú no pienses, tú te vas a salvar, hijo mío, todo lo que es pensar es nefando. Eso crea el franquismo y ese franquismo crea a Franco. Porque Franco realmente no añadió nada nuevo, simplemente fue una especie de oficial de albañil que levantó un edificio con los materiales que estaban allí.
DK: Fue por inercia… Una inercia que continúa. ¿Piensa usted que el franquismo sociológico sigue estando vigente en nuestro Parlamento, en nuestra vida civil…?
JA: Y en la política. Estaría toda la mañana contando anécdotas, pero contaré solo una de ellas que es sintomática de otras tantas que yo he vivido. Parlamento de Andalucía, reunión de la Mesa del Parlamento y de la Junta de Portavoces. Nuestro compañero, el portavoz, Luis Carlos Rejón, presenta una iniciativa política del Parlamento. Se levanta el portavoz del PSOE y dice: “señor presidente, el portavoz de Izquierda Unida quiere politizar este parlamento”. Esto consta en actas. Esto se dice, o lo que he oído decir a algunos alcaldes: “no, no, no, las fiestas no tienen que politizarse”. Era el lenguaje de Franco. La actitud esa de no pensar, si en el fondo lo que queremos es vivir bien. Ese es el pensamiento del franquismo que ha empapado a la sociedad y a las fuerzas políticas.
DK: Cuando se habla de huelgas ‘políticas’, ¿no?
JA: Sí, pero la gente no lo entiende porque está troquelada en esa conciencia falsa y no quieren saber nada de política. Claro, luchar contra eso es de una paciencia y de un desgaste tremendo. Por eso, atraerse a ese mundo yo no lo puedo hacer diciendo “os voy a ofrecer unos planteamientos de izquierda”. Yo soy de izquierda, soy comunista, pero mi problema como comunista es que la revolución es de la mayoría; la revolución de la minoría es blanquismo puro, es toma del poder por una minoría y claro, esa mayoría tiene castaña.
DK: ¿Cree usted que la revolución no se hace por incomparecencia de las partes?
JA: No, las partes están presentes. Por ejemplo, la parte conservadora está presente. La que no está presente es la explotada, que ni siquiera sabe que existe la lucha de clases y además le da miedo que se lo digan. Tiene que verlo.
DK: ¿No va a ser obvio ahora con tanta crisis?
JA: Debería serlo pero no lo es. Es que la gente no quiere saber; está asustada, intuye. Sócrates partía de una idea: la gente no sabe que sabe pero sabe. La gente intuye que sabe y le da miedo. Estamos en una época de modorra intelectual. La gente está así, me refiero, evidentemente, a niveles de grandes masas y no de minorías concienciadas, de estos últimos movimientos, el 15-M. No hablo de ellos, hablo de la gran masa, esa que Rajoy se vanagloria de que se quede en su casa. Porque es la suya y hay que quitársela.
DK: En los años cincuenta y sesenta, ¿cuáles fueron las primeras lecturas que le ganaron para seguir leyendo?
JA: Yo empecé a leer desde muy niño porque en mi casa, aunque no era una casa especialmente culta, se leía el periódico, que eso ya era. Mi padre compraba el Madrid y el Pueblo, que ya es decir: dos periódicos diarios. Y yo leía muchos comics, tebeos, y mis padres leían a escritores como Arnaldo Visconti, El Coyote de José Mallorquí…
DK: Estamos en plena posguerra, a finales de los cuarenta…
JA: Sí, efectivamente. Mi abuelo Julio, que era ayudante bibliotecario en el Círculo de la Amistad, me la soltó en lo alto de la mesa, La divina comedia. A él le habían dicho que aquello era una obra importante…
DK: A los quince años leía a Dante…
JA: Si hijo, sí. Inmediatamente después, porque yo era un niño muy obediente, me soltó elFausto, que era impropio para un niño. En aquella época no había televisión, no había otras cosas; entonces yo me refugiaba en la lectura de manera un poco caótica.
DK: ¿Cómo conciliaba la educación religiosa con esas lecturas?
JA: Cuando se tiene ese tipo de creencias, y yo la tuve porque mi abuelo era muy creyente, puede uno instalarse perfectamente en la esquizofrenia sin saberlo. Pasa que no es para siempre, hay un momento en el que ese equilibrio se rompe y el mío se rompió con 17 años. Es cuando una parte empieza a darse cuenta de que esto no es así; llegan también influencias externas, llega el conocimiento de la sociedad por la profesión, hay una crisis tremenda porque cada vez que se cambia… Hombre, se puede cambiar en la vida una vez, eh, más de una vez ya es sospechoso. Tres o cuatro, como yo he visto en política, eso ya es indecente… Pero, bueno, eso significa una lucha interior tremenda porque hay otra personalidad que va surgiendo, ¿no? Y porque si uno antes ha sido consecuente con lo que creía y ha procurado vivenciarlo, pues, es tremendo. Y así es como yo surgí a esto.
DK: ¿Cuál es su posición sobre la enseñanza concertada, que es una manera de llamar a la enseñanza religiosa?
JA: Cuando yo hablo de la separación de la Iglesia y el Estado, eso es una consecuencia. Lo que pasa es que la Iglesia, nuestra santa madre, es muy astuta, tiene dos mil años y siempre ha dado con gobiernos que no han tenido nunca la voluntad de dejar las cosas claras en el tema del laicismo. Aducen que ellos están dando un servicio que la enseñanza pública no da. Yo creo que si eso fuera verdad, eso se corrige inmediatamente. Punto. Y a partir de ahora usted quiere una enseñanza privada con los frailes, usted se la paga, evidentemente. Pero para eso hace falta tener gobiernos con ideas claras y gobiernos que no estén todos los días pensando en los resultados electorales dentro de cuatro años.
DK: ¿Y debería la religión excluirse radicalmente de la enseñanza escolar o estudiarse desde un punto de vista no estrictamente histórico?
JA: La religión forma parte de la historia. Las religiones, para bien o para mal –yo creo que para mal en muchos casos–, han influenciado en los hombres a través de las tres grandes religiones monoteístas. Eso hay que saberlo. Sobre todo para que sepamos que las ideas son las mismas en Oriente y Occidente, que existe la unidad de la raza humana. El otro día, en una discusión que tuvimos con antiguos colegas de la enseñanza, hablaban de la especificidad de la trinidad católica, cosa que no es cierta. Hay un trimurti, la trinidad hindú: Shivá, Brahmá y Visnú. Y la idea de la trinidad se repite también en el taoísmo. Entonces, el estudio de las religiones, un estudio crítico, le da al hombre una dimensión que le hace ver la unidad del género humano y otras muchas cosas. Por eso yo la incluiría. Sobre todo, cómo vamos a entender el arte, cómo vamos a entender el Noli me tangere… Pero eso se puede dar perfectamente. Porque ellos no lo dan. Os voy a contar un debate con un sacerdote amigo mío cuando yo volví a la enseñanza. Él es profesor de religión y hoy es canónigo. Entonces le dije: “¿qué estás dando?” Y me dice, “Estoy hablando de la Iglesia, la hermandad de los seres humanos, cómo se vive la espiritualidad…” “Pues, no”, insisto, “¿qué estás dando? Es que eso no es religión. La religión católica tiene cuatro partes: el dogma, la vida sobrenatural, la moral y la liturgia. ¿Qué enseñas de eso?” “Nada”. ¿Y por qué no enseñan nada de eso? Porque la sociedad de hoy no se lo cree. Pero si tú eres profesor de religión tienes que hablar de la vida sobrenatural a través de los sacramentos. Si eres profesor de religión tienes que hablar del dogma, la resurrección de la carne, lo de María, pues, esa es la religión. No enseñan, es un camelo. Enseñan a los niños una serie de normas repetitivas de conductas sociales. Yo denuncio que los profesores de educación católica no enseñan religión…
DK: Esto es intolerable… (risas).
JA: No, a mí me da igual. Pero quiero decirles que están cometiendo un fraude intelectual porque no enseñan religión. No abordan los cuatro apartados que acabo de citar.
DK: ¿Y los profesores de Educación para la Ciudadanía qué enseñan? ¿Formación para el consumidor?
JA: Yo creo que aquí hay excepciones. Yo defendí la Formación para la Ciudadanía pero porque me encontré que sufrió tanto ataque la pobre que había que defenderla, pero a mí no me gustó. Partía de una base que yo denuncio ahora: no entiendo que un señor salga de una universidad, de una escuela técnica, o de un instituto y no sepa cómo se elige al alcalde, cómo es el presidente de la diputación, qué es la ONU, qué es la OTAN, qué son los derechos humanos, es decir, estamos ante analfabetos con título universitario. Porque un profesional que me diga, “vaya con los que estáis gobernando”, pero es que yo no gobierno, yo soy legislativo; si para él es lo mismo, es un analfabeto.
DK: Funcional…
JA: Totalmente. Y yo creo que es obligatorio que con el título que dan las instituciones salga un ciudadano, le guste o no le guste. Después, que haga lo que quiera, que se haga nihilista, ponga bombas, me da igual, pero es que constituye el elemento fundamental de su formación porque él no vive solo, él vive con los demás y él está con su actitud pasiva o activa sustentando un modelo de sociedad. Esto se llama formación ciudadana y a partir de allí es cuando entraría, pero abarcando lo que se da hoy como Educación para la Ciudadanía. ¿Qué se dice allí? ¿Hay que ser bueno? ¿Tolerante? Esas son consignas. Pero cómo funciona el mundo, cuáles son las instituciones que lo vertebran, cómo se elige al alcalde de mi pueblo… Eso la gente no lo sabe.
DK: Para algunos, una de las causas del declive de la enseñanza escolar puede situarse en la primaria. Los maestros han renunciado a algo que antes se hacía. Dictados, redacciones, expresarse oralmente y por escrito, y sobre todo leer. Eso ha desaparecido de la enseñanza primaria, entre otras cosas porque los profesores tienen que corregir los dictados, las redacciones y, da rabia decirlo, pero no mandan a los niños a leer porque no leen ellos. Este declive en el que algunos sitúan la enseñanza primara, ¿lo comparte usted? ¿Tiene remedio?